sábado, 11 de febrero de 2012

Réquiem Interior



La tarde invernal se presenta fría y luminosa; el sol brilla en toda su gloria. Mientras, un hombre camina por un parque, sintiendo el aire fresco en la cara y las manos, inmerso en reflexiones. Al cabo de un rato se sienta en una roca a descansar. Escucha y siente todo a su alrededor, observando a los pájaros, disfrutando de la serena presencia de los árboles, de la respiración natural del cuerpo...El nudo mental se disuelve...Un silencio profundo rompe la Maya...Un atisbo tiene lugar...Él no es un cuerpo, ni un hombre, sino la apertura que todo lo incluye; nadie escucha; todo escucha. ¡Qué alivio!. La carga del pasado quedó atrás. Nada que ganar, nada que perder, nada que temer, nada que desear...Momento perfecto, intemporal.

La mente sola es ilusión; las emociones solas, caballos salvajes; el cuerpo solo, debilidad. ¿No es acaso la separación y aislamiento interior lo que nos hace presos del tiempo, indentificados con olas en un océano, atrapados en una mente que piensa "soy esto", "soy aquello", "esto no va a durar", "he de hacer esto, lo otro", tratando de apresar lo inapresable, saturada de "mío" y "yo"?.
¿Podemos ser realmente todo a la vez, incluso si es sólo en unas pocas acciones diarias? ¡Qué tarea tan ardua! Cuán difíciles hacemos las cosas; cuántos caminos dolorosos tomamos en vida y cuántas distracciones inútiles cultivamos tratando de encontrar completud que se halla en todas y ninguna parte, suspendida en la eternidad, como esa pieza que Gabriel Fauré trajera hace ya más de un siglo, para un "Réquiem" que termina realmente como un nuevo comienzo, una nueva Vida.

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